marzo 29, 2026

Librerías influencers

En mi pueblo (como saben, yo soy de pueblo, de pueblo pequeño) hemos sido siempre muy extravagantes. No compartimos los estrechos esquemas socioeconómicos y culturales que impone la sociedad moderna. Por expresarlo de alguna manera, somos más de lo ecléctico en lo social y lo mestizo en lo económico y cultural, muy heterodoxos, rayando en lo cismático; o, como diría un académico de la lengua: disconforme con hábitos o prácticas generalmente admitidos.



Sin ir más lejos, ayer mismo tuve una conversación con doña Bienvenida la CEO de una de las empresas trendy del pueblo (desde 1959), que ilustra bastante bien lo que quiero decir. Veamos.


—Buenos días, señá Bienve. ¿Me pone libra y media de sobaos?

—Buenos días. ¡Cómo no! Y qué, ¿cómo vamos con Los papeles de Aspern que le recomendé?

—Engolosinao perdío, como diría una que yo sé. Sólo me quedan unas treinta páginas. Si no me lo he terminado es porque me está gustando tanto que he decidido racionar las páginas para que me dure más.

—¿Y la Novela de ajedrez?

—No me da la vida, señá Bienve, que no llego…

—Pues usté verá, pero aquí le tengo reservado uno de la Glück, la Luisa, que me encargó. Lo he conseguido de segunda mano, porque no se editan ni na. Y ya me lo quieren quitar de las manos.

—Vaya por Dios.

—Ya sabe, con eso del Nobel y la pandemia que la pilló de por medio y luego va y se muere la pobre... Lo he tenido que meter debajo del mostrador, entre las magdalenas y las peladillas, porque, si no, vuela. A ver... así, libra y media. ¿Algo más por hoy?

—Eh... y una barra de pan. Me parece que me voy a llevar el de la Glück, no sea que al final me quede sin ello. Cóbreme todo junto.

—Muy bien. ¿Sabe usté?, hablando de nobeles ayer empecé con el último de Ishiguro. Ya le diré a ver qué tal. Tome, no se olvide el cambio. ¡Y la bolsa con los sobaos! ¿O es que se va a desayunar Una vida de pueblo mojándolo en el café?

—Pues mirándolo bien... A lo mejor se me pegaba algo.

—¡Ay, ay, ay, esa cabeza dónde la tenemos! Tanto leer y tanto escribir, se le va a secar el celebro.


enero 31, 2026

Carta a mi lectora favorita

 


Mi más querida lectora:

Te escribo del mismo modo, o al menos con las mismas herramientas con las que escribo mis novelas y relatos: con papel y a mano. La verdad es que para que fuera igual del todo, tendría que escribir con lapicero, pero me temo que quedaría un poco cutre, como los borradores de mis escritos. Pero esto no es un borrador, así que utilizo un bolígrafo, que es más permanente.

En respuesta a tu pregunta, ahí va mi rollo. Verás, hay dos motivos principales por los que escribo. Uno es inexplicable científicamente: porque no puedo dejar de hacerlo. A pesar de las docenas de razones, buenas razones, para no escribir, me es muy difícil, o imposible, no hacerlo. Y el otro motivo es el mismo por el que escribo esta carta: compartir lo escrito con mis lectoras (digo lectoras porque sois la inmensa mayoría) y, si llega el caso, discutir, debatir, comentar el qué y el cómo lo escribo. Por eso considero este intercambio de palabras como un verdadero privilegio y un impulso más para seguir escribiendo.

Empecé a escribir mi primera novela un poco tarde, a los 36 años. Hasta entonces sólo la lectura consumía toda mi pasión literaria. Pero hay ciertas personas a quienes las pasiones afectan de manera fatal, y soy una de ellas. Ya lo explicó Cervantes hace más de cuatro siglos a través de su ingenioso hidalgo. Así que un buen día empecé a plasmar por escrito una historia que me rondaba por la cabeza, que es el equivalente a montarse en un caballo desastrado, con una bacina en la cabeza y salir a buscar aventuras por el mundo.

Bueno, a lo que iba con todo este rollo, el caso es que soy un lector que escribe. Pienso, analizo y desarrollo todo lo que escribo desde un punto de vista de lector. Hoy en día todos los gurús, coachs literarios y demás percal, que dicen enseñar a escribir, insisten en que hay que despojarse de ese punto de vista, olvidarse del lector, y analizarlo todo como un escritor profesional, obsesionarse con la búsqueda de trucos y montaje de bastidores para ganar prestigio escritor, para acceder a las grandes empresas editoriales. Y así es como se ha montado toda esa monstruosa industria literaria en este siglo. Un tinglado en el que yo no encajo.

Lo que en la actualidad se está vendiendo como literatura y yo somos enemigos irreconciliables. ¿Por qué? En primer lugar, porque no es literatura, son series de televisión transcritas al papel; historias en su mayor parte repletas de ganchos y trucos dispuestos para enganchar a la audiencia (léase lectores) y obligarla a pedir más y más: más páginas, más libros, trilogías, sagas, etc., con la misma historia repetida una y otra vez con fachadas y nombres distintos, pero con el mismo esquema, estructura y lenguaje. Por eso las novelas negras y erótico-festivas (mal llamadas románticas) son las reinas de la fiesta; porque son las más capaces de suministrar emociones fuertes, rápidas y breves, como en un parque de atracciones. Y, en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, no me gusta que los libros se produzcan y vendan como chorizos o yogures: productos con fecha de caducidad breve que se consumen o devoran con rápida facilidad y, hecha la digestión, se olvidan. Porque vamos a la tienda a por más, una semana tras otra.

Por lo tanto, si lo que se busca en mis novelas es un parque de atracciones o una plataforma televisiva, no se encontrará más que decepción. Y no es que abomine de esas cosas; me lo paso genial en los parques de atracciones y me encantan las buenas series de televisión. Pero eso no es literatura. No puede reducirse todo a la misma papilla para engullir. Las series de televisión y las novelas tienen ámbitos distintos, precisan de un ánimo distinto, requieren unas condiciones distintas y están hechas con mimbres y materiales distintos. Las pantallas te lo dan casi todo hecho, las páginas de un libro exigen que seas tú quien imagine, interprete o incluso reelabore todo lo escrito.

Como ya te he dicho, antes de escribir ya había leído miles de libros, escritos todos ellos en siglos anteriores. Clásicos de diferentes épocas, lugares, estilos… pero con una esencia común: el cuidado del lenguaje, el valor del mensaje y la vocación voluntaria o involuntaria de universalidad. Eso es lo que me ha marcado por entero como escritor y lo que marca y diferencia mis novelas y relatos.

Mi intención permanente a la hora de escribir es plasmar una historia que, con toda la apariencia de ser verídica, resulte interesante, con personajes de carne y hueso, con una escritura sencilla, blanca, elegante, con una expresión acogedora para el lector, aunque pueda estar situada en los más diversos escenarios o épocas. Pretendo que las páginas de mis novelas se conviertan en un hogar, sean la vanguardia de la aventura, peripecia o conflicto que narran las líneas que contienen y la retaguardia frente al mundo de ahí fuera, a la realidad cruda y circundante. Yo no soy de los que dan puñetazos al estómago del lector o le vuelan la cabeza, eso que, al parecer,  tanto se valora actualmente, sino que me gusta más abrazarle, tratarle como a un amigo. Intento conseguir una escritura que busca el lado bueno y bello de la vida, revestida con detalles de belleza interior y exterior. Y es que la búsqueda, la persecución, la contemplación o la posesión de la belleza es un motor que impulsa mi vida, que la llena en buena medida de sentido, y por lo tanto también da sentido a mis creaciones. Sobre todo la belleza de lo imperfecto, porque me gusta encontrar la belleza en lo más simple y cotidiano, en los pequeños detalles que a otros ojos puedan pasar por alto. Belleza en detalles que confieran elegancia a mis palabras. Por eso focalizo con frecuencia la atención del lector sobre miradas, gestos o silencios más incluso que con las palabras y los hechos.

Eso es lo que se puede encontrar en mis novelas, que por eso difieren bastante de lo que se publica mayoritariamente al día de hoy. Entiendo que puede resultar decepcionante, que se pueda no estar de acuerdo o que parezca algo incluso absurdo, pero, como se suele decir: es lo que hay. Lo que en modo alguno rehuyo a mis lectoras es la sinceridad.

Bueno, me he extendido más de lo que pensaba. Pero es que no me puedo poner a hablar o escribir sobre este tema, porque no tengo paro…  

Te envío el más cariñoso de los saludos y el más sincero de los abrazos.

Vale.




diciembre 28, 2025

Lo mejor de 2025 (o de 2024, 2023, 2022, 2021… etcétera)

En esta época del año se produce ese fenómeno psicosociológico en el que se hace recopilación de todo. Y en el sector cultureta de la sociedad abunda el fenómeno llamado “lo mejor del año”: los mejores libros, las mejores canciones, las mejores exposiciones, los mejores conciertos, las mejores setas de cardo y las mejores remolachas azucareras. Reconozco que en cuestiones de conciertos y remolachas no estoy muy puesto, pero sí un poco en eso de los libros. Y desde hace ya unos cuantos años (muchos, demasiados) me desconcierta ese fenómeno de lo-mejor-de y el enorme cúmulo de procacidad, o soberbia en el mejor de los casos, que lleva consigo. Veamos.

Según datos del Ministerio de Cultura y su Estadística de la Edición Española de Libros con ISBN, en 2024 se registraron 89.347 publicaciones, de las cuales 59.937 se realizaron en soporte papel y 29.410 en otros soportes. Bien, quedémonos con los de soporte papel por eso de que somos boomers y tal: de éstos, 15.741 se dedicaron específicamente a la creación literaria (“creación literaria” es terminología de la estadística, no un concepto real), lo que supone una media de 43 libros al día, si la calculadora no me engaña. La estadística no desciende, claro está, a la especificación por géneros, es decir, cuántos pertenecen al narrativo, cuántos al lírico y cuántos al dramático. Pero hagamos un cálculo grosero e irreal: dividámoslo en tres partes: sólo de narrativa, el que más adeptos congrega, serían 5.247 títulos en total, o 14 diarios.

Catorce (14) libros diarios, sólo en España (no en español) y sólo de creación literaria. Descartando títulos publicados en digital u otros formatos.

Ni las lectoras más extremas, ni los más aguerridos retos literarios llegan a acercarse siquiera a tal enormidad. En el planeta Tierra, porque en Venus, donde los días llegan a computar 5.832 horas, quizá fuera más factible. Pero no son los lectores venusianos quienes realizan esas listas de “los mejores libros de 20…”, sino los suplementos culturales, las redes sociales y demás complejos bajos en neuronas de este país terrícola.

¿Es necesario seguir? ¿Hay que preguntarse a qué se refieren esos “lo mejor de”? ¿O quién los sufraga?

Reconozcamos que es más fácil seguir tragando el soma que ya previó Aldous Huxley en su mundo feliz. Tragar lo que quieran vender determinadas industrias. Eso sí, habrá que pagar el precio. De hecho, ya lo estamos empezando a pagar.


noviembre 21, 2025

Breves apuntes sobre el sentimiento trágico de la vida en Jane Austen





Es habitual, si no obligado, e incluso un lugar común hacer referencia a la ironía aguda, cuando no un punto de vista netamente humorístico, que imprimía Jane Austen en sus novelas, especialmente en el tratamiento de personajes secundarios y en situaciones relacionadas con éstos. Pero lo que en absoluto resulta habitual es encontrar comentarios relacionados con lo que, en términos unamunianos, se viene en llamar el sentimiento trágico de la vida. Un sentimiento trágico ligado directamente a ese más conocido sentido cómico. Precisamente, como el mismo don Miguel de Unamuno afirmó:

«Austen tuvo un cierto sentimiento de la tragedia, un sentimiento tan suave, tan resignado, tan tristemente apacible, que se convirtió en sentimiento de la comedia. Porque lo cómico no es sino otra cara más, y a las veces no la menos triste, de lo trágico».(1)

Quizá en una primera lectura de ciertas novelas de Austen, con excepción de Sense and sensibility, Persuasion y Mansfield Park, no se perciba con nitidez ese lado tragicómico de esos pequeños mundos que recreaba, velados sin duda por el sentido irónico, los detalles preciosistas o la propia trama de las novelas. Pero basta una cuidada relectura para levantar ese velo y dejar al descubierto ese lado menos luminoso, rabiosamente humano, en el que se mueven muchos de sus personajes, principales y secundarios. Un carácter tragicómico que se mueve entre el sentido shakespeariano (tan cultivado por la propia Jane y algunos de sus personajes más representativos) y el quijotesco. Entre la tragedia de una vida de monótona insistencia en las carencias económicas y emocionales, y entre la comedia provocada por la pequeñez mental y la insensibilidad.

No escasean las situaciones en que los personajes austenianos han de afrontar esos sentidos trágicos de la existencia en medio de encrucijadas vitales, bien mezclados con una dosis de humorismo, o bien sin anestesia previa. Encrucijadas no de corte épico, por supuesto, ni siquiera de dramatismo clásico, sino las pequeñas y anónimas angustias existenciales domésticas que se producen en la intrahistoria de los pueblos y la marea del tiempo se traga por millones.


Como se ha apuntado, hay tres novelas en las que este aspecto resulta evidente, porque sus principales personajes, mujeres todas ellas, están sometidas a situaciones que condicionan su existencia de manera insoslayable. Las hermanas Dashwood, que dan título por su distinto carácter a Sense and sensibility, no se pueden ni permitir el lujo de vivir en su propio hogar sin ser tratadas como huéspedes, y apenas tienen opciones de conseguir un matrimonio adecuado, que en aquella época era «la única salida honrosa» para las jóvenes bien educadas pero sin fortuna (Elizabeth Bennet dixit).

Por su parte, Anne Elliot está condenada a perder su juventud, su lozanía y su felicidad después de haber caído en la trampa de la Persuasion a que fue sometida por familia y “madrina”, y haber rechazado al amor de su vida, negándose a aceptar cualquier otro pretendiente que no fuera mínimamente comparable con aquél.

«El único privilegio que reclamo para mi sexo —no es demasiado envidiable, no tiene por qué desearlo— es que nuestro amor es más duradero, aun cuando la existencia o la esperanza han desaparecido».(2) 

También resulta evidente la desventaja en cuanto a las situaciones económicas y emocionales que sufrió Fanny Price durante su larga estancia en Mansfield Park. No podía aspirar más que a un afecto fraternal por parte del hombre de quien estaba enamorada y tenía que someterse a todos los deseos de los Bertram; de hecho, en la primera y única vez que se resistió, fue expulsada y devuelta a su paupérrimo lugar de origen. 

Son éstos los caracteres femeninos a los que el fatum shakespeariano más presiona pero no doblega, porque están revestidos de fuerza, resignación, constancia y afectos inquebrantables por los suyos. En este sentido, Austen es una creadora bondadosa para con sus criaturas más sufridas, a quienes ha dotado de valores morales suficientes para manejarse en el tiempo y en el espacio durante siglos.

Pero también están salpicadas sus novelas con otros personajes a los que el sentimiento trágico adquiere caracteres más quijotescos, en el que la realidad se deforma para convertirse en un espejo social (un espejo incluso deformante, como los aplicados por Valle-Inclán en sus esperpentos, por citar un ejemplo literario cercano), en una crítica de costumbres y normas contrarias a la dignidad, la convivencia y la igualdad de las personas. Temas trágicos en sí mismos aparecen manejados por la genial escritora de una forma tal que, por las situaciones, el talante de los personajes, el tono y el desenlace del relato, pierden amargura para desembocar en la amable solución propia de la comedia.

Ejemplos de estas figuras aparecen en todas sus novelas. Empezando por el buque insignia de la escuadra austeniana, Pride and Prejudice, el matrimonio a que se ve abocada Charlotte Lucas con el inefable William Collins constituye un verdadero drama al que se veían abocadas no pocas mujeres que no estuvieran dotadas de una notable dote o, al menos, una belleza extraordinaria, y siempre que no superaran una edad “adecuada”. Sin embargo, el espejo deformante con que se nos refleja da pie a situaciones bufas que dulcifican y hacen olvidar (incluso a personajes cercanos) el vacío existencial de la pareja. Pero tampoco es menos tragicómico el matrimonio Bennet, menos vacuo el matrimonio Hurst ni menos lamentable el presumible destino de Anne de Bourgh.

En la a menudo festiva Emma, el sentido trágico de la vida de las inolvidables señora y señorita Bates, al que también su sobrina Jane Fairfax se ve arrastrada, tratado con una conmiserativa comicidad salta a la vista de manera continua y palmaria. Ni qué decir tiene que Harriet Smith, de origen familiar incierto y dudoso, dotada de un intelecto en absoluto sobresaliente y manejada emocionalmente por la superior señorita Woodhouse tampoco escapa a esa fatalidad vitalista, de la que es rescatada en última instancia por un caballero agricultor magistralmente situado por la autora a la altura de los mejores personajes masculinos de su obra. Y no insistiremos en ese espejo deformante aplicado con saña sobre la transida vida de la señora Elton y su señor E., ejemplo de cáscaras vacías con forma humana intranscendentes pero tóxicas.

Frederica Vernon, hija de Lady Susan, escapa por los pelos a un destino sufridamente trágico en medio de las desopilantes cartas escritas que cruza su ¿madre? con amistades y familiares, muchas de ellas relativas a la escasez de su afecto por ella y el oscuro camino que trazaba para desbaratar su futuro.

Hasta en la paródica y un tanto metaliteraria Northanger Abbey, a priori la novela menos inclinada a contener sentimientos patéticos, los rasgos de determinados personajes como los Thorpe o el general Tilney destilan un aire tragicómico, sumidos en una concepción de la vida basada en meros escalafones económicos o clasistas. El tedio de la alta sociedad, en particular cuando se trata de escoger un compañero de camino en la vida y, en tal caso, el conflicto entre el matrimonio por amor y el matrimonio de conveniencia, temas recurrentes en la obra de Jane Austen, son auténticas trampas en las que aguarda un destino trágicamente vital al que apenas hombres y, sobre todo, mujeres se resistían como si fuera un destino ineludible por completo.

«Mrs. Allen pertenecía a la categoría de mujeres cuyo trato no puede suscitar otra emoción que la sorpresa de que haya en el mundo personas a quienes puedan gustarles hasta el punto de contraer matrimonio con ellas».(3)

En definitiva, la complejidad de las principales obras austenianas, en cuanto a sus contenidos, incluye también una vertiente trágica en la resignación, la pobreza, el azar adverso y la desviación de valores auténticos que llevan consigo un buen número de personajes, bien a modo de contrapunto respecto de los personajes laudables y afortunados, o bien como ejemplo de las virtudes cardinales tan apreciadas por la autora.


NOTAS:
1. Juana Austen (I), primero de los tres artículos de Miguel de Unamuno publicados en La Nación, Buenos Aires, con fecha 9 de mayo de 1914.
2. Persuasión, capítulo XI.
3. La abadía de Northanger, capítulo XI.


[Artículo publicado en la página de Jane Austen Society España el 10 de enero de 2017]

Lecturas animadas de ayer y hoy

Sí, tú (oh, tú), lector bizco de mente y con ojos de murciélago, que trepidas furioso en cada libro con vasta ignorancia y basto vocabulario, que vives historietas plagadas de cadáveres, abdominales anabolizados o pechos operados y te pasas las páginas colgando de un acantilado.




Sí, tú (oh, tú), lectora omnívora, que presumes de lectura basura sin tregua mientras ignoras que las primeras obras literarias de nuestra civilización eran inmensos poemas épicos de frikis luchando en falditas y a lo loco, o de un belicista y machista que tarda diez años (¿diez? ¿en serio?) en regresar a su hogar tras una supuesta guerra. O que la piedra angular de la literatura en nuestra lengua era una parodia de incontables páginas, a modo de ejercicio metaliterario, sobre un loco que se cree caballero andante y va haciendo el ridículo doquiera que va. ¡Aburridísimo!

Sí, tú (oh, tú), lectora ávida de tórridos empotramientos que las editoriales te han endosado diciendo que es novela romántica y te lo has creído, sin tener ni idea de lo que es el romanticismo, ni haber leído una sola página escrita con estilo y delicadeza.

Sí, tú (oh, tú), lector poseído por la gula anecdótica de los peores personajes de este siglo disfrazados y plantados en el pasado (novela histórica es el eufemismo) o cadáveres mutilados por asesinos inhumanos y robotizados (novela negra, dicen).

Todos vosotros y alguno más: ¿Se puede saber qué c... estáis haciendo aquí?

Aquí se disfruta de las páginas en que hay un manejo de emociones mucho más hondas de lo que aparecen en las propias combinaciones de palabras. Porque la emoción no tiene palabras. Nos embelesamos con la delicadeza del párrafo perfilado con la paciencia de una miniaturista. Admiramos hasta el fanatismo a autoras (y algún autor) difíciles de atrapar en pleno acto de grandeza.

Aborrecemos los títulos que presumen de una grandeza artificiosa con fecha de caducidad a la vista. De aquí se echan a patadas a malotes tóxicos superatractivos, musculosos highlanders de lanza en ristre, bomberos de sofocos insatisfechos y espontáneos patanes detectivescos que la industria papelera enristra como salchichas de consumo rápido. Colesterol prosaico. Sepulcros blanqueados.

Esto es un refugio diminuto para los cada vez más escasos amantes de la palabra justa y bella, del detalle exacto, de elipsis tejidas con talento, juicio y sensibilidad.

¡Pero qué co...! WTF!, como decís en la aldea global! ¿Todavía aquí? ¡Largo! Estáis tardando.