enero 31, 2026

Carta a mi lectora favorita

 


Mi más querida lectora:

Te escribo del mismo modo, o al menos con las mismas herramientas con las que escribo mis novelas y relatos: con papel y a mano. La verdad es que para que fuera igual del todo, tendría que escribir con lapicero, pero me temo que quedaría un poco cutre, como los borradores de mis escritos. Pero esto no es un borrador, así que utilizo un bolígrafo, que es más permanente.

En respuesta a tu pregunta, ahí va mi rollo. Verás, hay dos motivos principales por los que escribo. Uno es inexplicable científicamente: porque no puedo dejar de hacerlo. A pesar de las docenas de razones, buenas razones, para no escribir, me es muy difícil, o imposible, no hacerlo. Y el otro motivo es el mismo por el que escribo esta carta: compartir lo escrito con mis lectoras (digo lectoras porque sois la inmensa mayoría) y, si llega el caso, discutir, debatir, comentar el qué y el cómo lo escribo. Por eso considero este intercambio de palabras como un verdadero privilegio y un impulso más para seguir escribiendo.

Empecé a escribir mi primera novela un poco tarde, a los 36 años. Hasta entonces sólo la lectura consumía toda mi pasión literaria. Pero hay ciertas personas a quienes las pasiones afectan de manera fatal, y soy una de ellas. Ya lo explicó Cervantes hace más de cuatro siglos a través de su ingenioso hidalgo. Así que un buen día empecé a plasmar por escrito una historia que me rondaba por la cabeza, que es el equivalente a montarse en un caballo desastrado, con una bacina en la cabeza y salir a buscar aventuras por el mundo.

Bueno, a lo que iba con todo este rollo, el caso es que soy un lector que escribe. Pienso, analizo y desarrollo todo lo que escribo desde un punto de vista de lector. Hoy en día todos los gurús, coachs literarios y demás percal, que dicen enseñar a escribir, insisten en que hay que despojarse de ese punto de vista, olvidarse del lector, y analizarlo todo como un escritor profesional, obsesionarse con la búsqueda de trucos y montaje de bastidores para ganar prestigio escritor, para acceder a las grandes empresas editoriales. Y así es como se ha montado toda esa monstruosa industria literaria en este siglo. Un tinglado en el que yo no encajo.

Lo que en la actualidad se está vendiendo como literatura y yo somos enemigos irreconciliables. ¿Por qué? En primer lugar, porque no es literatura, son series de televisión transcritas al papel; historias en su mayor parte repletas de ganchos y trucos dispuestos para enganchar a la audiencia (léase lectores) y obligarla a pedir más y más: más páginas, más libros, trilogías, sagas, etc., con la misma historia repetida una y otra vez con fachadas y nombres distintos, pero con el mismo esquema, estructura y lenguaje. Por eso las novelas negras y erótico-festivas (mal llamadas románticas) son las reinas de la fiesta; porque son las más capaces de suministrar emociones fuertes, rápidas y breves, como en un parque de atracciones. Y, en segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, no me gusta que los libros se produzcan y vendan como chorizos o yogures: productos con fecha de caducidad breve que se consumen o devoran con rápida facilidad y, hecha la digestión, se olvidan. Porque vamos a la tienda a por más, una semana tras otra.

Por lo tanto, si lo que se busca en mis novelas es un parque de atracciones o una plataforma televisiva, no se encontrará más que decepción. Y no es que abomine de esas cosas; me lo paso genial en los parques de atracciones y me encantan las buenas series de televisión. Pero eso no es literatura. No puede reducirse todo a la misma papilla para engullir. Las series de televisión y las novelas tienen ámbitos distintos, precisan de un ánimo distinto, requieren unas condiciones distintas y están hechas con mimbres y materiales distintos. Las pantallas te lo dan casi todo hecho, las páginas de un libro exigen que seas tú quien imagine, interprete o incluso reelabore todo lo escrito.

Como ya te he dicho, antes de escribir ya había leído miles de libros, escritos todos ellos en siglos anteriores. Clásicos de diferentes épocas, lugares, estilos… pero con una esencia común: el cuidado del lenguaje, el valor del mensaje y la vocación voluntaria o involuntaria de universalidad. Eso es lo que me ha marcado por entero como escritor y lo que marca y diferencia mis novelas y relatos.

Mi intención permanente a la hora de escribir es plasmar una historia que, con toda la apariencia de ser verídica, resulte interesante, con personajes de carne y hueso, con una escritura sencilla, blanca, elegante, con una expresión acogedora para el lector, aunque pueda estar situada en los más diversos escenarios o épocas. Pretendo que las páginas de mis novelas se conviertan en un hogar, sean la vanguardia de la aventura, peripecia o conflicto que narran las líneas que contienen y la retaguardia frente al mundo de ahí fuera, a la realidad cruda y circundante. Yo no soy de los que dan puñetazos al estómago del lector o le vuelan la cabeza, eso que, al parecer,  tanto se valora actualmente, sino que me gusta más abrazarle, tratarle como a un amigo. Intento conseguir una escritura que busca el lado bueno y bello de la vida, revestida con detalles de belleza interior y exterior. Y es que la búsqueda, la persecución, la contemplación o la posesión de la belleza es un motor que impulsa mi vida, que la llena en buena medida de sentido, y por lo tanto también da sentido a mis creaciones. Sobre todo la belleza de lo imperfecto, porque me gusta encontrar la belleza en lo más simple y cotidiano, en los pequeños detalles que a otros ojos puedan pasar por alto. Belleza en detalles que confieran elegancia a mis palabras. Por eso focalizo con frecuencia la atención del lector sobre miradas, gestos o silencios más incluso que con las palabras y los hechos.

Eso es lo que se puede encontrar en mis novelas, que por eso difieren bastante de lo que se publica mayoritariamente al día de hoy. Entiendo que puede resultar decepcionante, que se pueda no estar de acuerdo o que parezca algo incluso absurdo, pero, como se suele decir: es lo que hay. Lo que en modo alguno rehuyo a mis lectoras es la sinceridad.

Bueno, me he extendido más de lo que pensaba. Pero es que no me puedo poner a hablar o escribir sobre este tema, porque no tengo paro…  

Te envío el más cariñoso de los saludos y el más sincero de los abrazos.

Vale.




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