Me asquea que alguien pueda decir de un libro que «es demasiado bonito» (demasiado bello, sólo que a veces las palabras belleza, bello o bella producen urticaria a muchas personas) en sentido peyorativo.
Me da igual que se trate de un libro o de un edificio, de una escultura, de una pintura, de una partitura o de cualquier tipo de creación artística. Si alguien detecta exceso de belleza es que tiene un problema muy serio en su forma de concebir el mundo; o quizá está demasiado insatisfecho consigo mismo y le parece que la existencia de belleza en ciertos aspectos de la vida es inasumible. Y la belleza nunca es excesiva.
Esto viene a cuento de una supuesta reseña que leí hace algunos días en Instagram sobre Un caballero en Moscú, de Amor Towles.
Tal como muestro en la imagen precedente, la persona en cuestión decía que la novela no solo era demasiado bonita sino que además no la había zarandeado, que es lo que al parecer se espera de un buen libro o de una buena novela en general.
Me producen un enorme rechazo prejuicioso esas personas que llevan una vida excesivamente muelle, placentera, agradable, al margen de cualquier disgusto o desgracia, o simplemente ignoran o carecen de los obstáculos/peligros habituales que al resto se nos plantean a lo largo de nuestra jornada; y, por lo tanto, esperan que una novela les golpee en el estómago o en la cabeza, les zarandee, les revuelvan las tripas para que sus vidas salgan de una monotonía lacerante y de un vacío vertiginoso. Y, si no, no les gustan, por otras muchas cualidades que pueda poseer la obra.
Supongo que es cuestión de bandos: un servidor es de un bando completamente opuesto, y hasta enemigo de ese otro que acabo de describir. Yo lo que busco en un libro, sobre todo si es novela o poesía, es la belleza, la delicadeza, un refugio frente a la hostilidad del mundo; porque el mundo es hostil, es territorio enemigo permanente, y una buena novela para mí es la que me acoge con dosis de palabras hermosas, elegantes y precisas, con personajes complejos pero atractivos (sean buenos o malos), con historias interesantes; incluso me gusta que me enseñe, que me instruya sobre mundos distintos.
Y me da igual lo que piensen. Entiendo que cualquier persona inteligente, culta, curiosa, y realmente viva debería entender una novela en ese sentido de refugio; porque, si después de la lucha, la derrota, el contratiempo, la desgracia del día a día, nos sumergimos en páginas que nos ofrecen más de lo mismo, más drama, más horror, más golpes, más telediarios, es que hay algún desajuste psíquico o emocional de gravedad.
Es lo que pienso realmente, sin ambages, sin vendas, con la herida supurando al aire libre. Así que, si alguien cree que estoy muy equivocado o que estoy desvariando, ya sabe lo que tiene que hacer.
En este rincón se buscan se leen y hasta se escriben novelas que ofrecen (o, al menos, intentan ofrecer) refugio para almas con cicatrices, con heridas abiertas o con una necesidad de encontrar lo bueno y lo bello de la humanidad. Porque es la belleza lo que de verdad nos conmueve y revuelve a los seres humanos, la que te pone patas arriba el alma. Que sí, que existe. ¡Que es la belleza, estúpido!
Pero esperen, que todavía no me sangra el colmillo lo suficiente…
La persona en cuestión alardea de otra característica frecuente en los lectores del presente siglo: se tragó las quinientas páginas de extensión en dos días. Es uno más de esos “retos lectores” que se autoimponen ciertos lectores descifradores de letras para consumir sin freno cualquier panfleto impreso que les pongan por delante. Por eso digo que se tragó tantas páginas; deglutió, embuchó página tras página como una ristra de chorizos. Este hecho puede ser adecuado con los productos de consumo rápido con que las grandes editoriales inundan las librerías cómplices. Pero con una novela que, a todas luces, busca recrearse en el verbo preciso y la imagen cultivada, me pregunto: ¿qué … (póngase la grosería que se prefiera, que hay confianza) se puede apreciar con semejante paroxismo ojeador?
Ah, por mi parte les recomiendo encarecidamente leer esa magnífica novela, Un caballero en Moscú. Es, como decimos los viejunos, una novela de las de antes, escrita con auténtico sabor clásico. Exige paciencia, porque son, como repito, quinientas páginas; pero una paciencia recompensada con la impaciencia de retomar su lectura cada día, no por una trama adictiva y trepidante (prácticamente no hay una trama principal), sino por muchas horas de lectura reposada apacible, sumamente agradable; es un río largo y tranquilo que va recorriendo toda clase de meandros, deteniéndose allí donde hay detalles de belleza, de amor por la vida.
Y también lo recomiendo para quienes sean entusiastas de la literatura rusa, porque la novela destila a cada momento un amor apasionado por las grandes figuras de dicha literatura a través de su formato y su estilo. Es éste un detalle que, por cierto, echo en falta en multitud de reseñas (cutres y menos cutres) esparcidas como plaga por redes sociales, blogs y publicaciones impresas.
Yo la pude saborear durante varias semanas que pasé entre hospitales, pruebas e intervenciones médicas, por lo que aseguro con cierta autoridad que es un verdadero refugio. Ah, y también advierto a quienes escriben, que puede producir una notable envidia.
No hay acción trepidante, no hay cliffhangers, no hay giros bruscos de guión, no hay asesinatos brutales de novela negra, ni mucho menos puñetazos en el estómago, voladuras de cabeza y demás traumas de lectores del primer mundo. Si lo que buscan es eso, no la lean y reserven reseñas vomitivas para otras cosas.
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| El autor, con sus obras hasta la fecha |



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