diciembre 11, 2023

Novelas históricas: dinosaurios y smartphones


Un buen amigo, de esos que nos autocalificamos con el ambiguo título de escritores, acaba de publicar una novela que la editorial, a su vez, ha catalogado como novela histórica. Es un dato que quizá, a priori, no llame mucho la atención, por el amplio número de novelas históricas que se publican hoy en día. Pero si tenemos en cuenta otro dato, el asunto sí que llama más la atención: la novela se desarrolla a lo largo de los meses de verano de 1994. ¿1994? ¿Histórica? Se preguntarán con indignación y pondrán el grito en el cielo los dinosaurios históricos, y quizá algún lector despistado.




Bueno, a mi entender no está todo tan claro, y habría algunas cuestiones a tener en cuenta. Empecemos diciendo que el término novela histórica es una locución abreviada de lo que en realidad debería denominarse novela de ambientación histórica. Así lo afirma la página dedicada a esta materia por la Biblioteca Nacional de España: «Se entiende por novela histórica aquella que, siendo una obra de ficción, recrea un periodo histórico preferentemente lejano y en la que forman parte de la acción personajes y eventos no ficticios. Debe distinguirse por tanto entre la novela histórica propiamente dicha, que cumple estas condiciones, y la novela de ambientación histórica, que presenta personajes y eventos ficticios ubicados en un pasado con frecuencia remoto».

Por tanto, oficialmente se entiende que la novela de ambientación histórica debe referirse a un pasado «preferentemente lejano» o «con frecuencia remoto». No se establece un período de tiempo o un límite a partir del cual debería dejar de considerarse una novela con el adjetivo histórico. Pero, con la proliferación de péplums y de medievalistas contumaces en el último tercio del siglo XX y en lo que llevamos de siglo XXI, se ha popularizado la idea según la cual es novela histórica la que remonta su trama hasta esas épocas antiguas. Otras mentes más claras, no obstante, se abrieron hacia épocas más cercanas, hasta incluir el siglo XIX como ambientación de las novelas con ese calificativo de históricas. Ahora bien, ¿qué ocurre con el siglo XX, que tradicionalmente se ha quedado fuera de la categoría, sin distinción de décadas? Da igual que la ambientación fuera 1910, 1940 ó 1990, el caso es que todas entran en el mismo saco de rechazo histórico. Así, una importante editorial especializada en la materia detiene la fecha en 1900 para considerar histórica una novela; otros grupos, bastante numerosos, cifran el límite temporal en cien años (por ejemplo, en este año sólo valdrían como históricas las ambientadas antes de 1923). El argumento que se utiliza al efecto es considerar histórica una época de la cual no queden personas vivas que puedan dar testimonio de aquélla y, por lo tanto, se necesite investigar las fuentes documentales al no poder contar con testimonios directos.

A modo de anécdota, en su día presenté a un certamen literario una novela ambientada en los años de la II Guerra Mundial y sólo años más tarde me enteré de que ni siquiera había sido tenida en cuenta ya que el jurado utilizaba este criterio de los cien años. Quizá (sólo quizá) hubiera corrido mejor suerte mi novela en otros certámenes, e incluso otra importante editorial, que elevan la cifra de consideración histórica hasta 1945, por su simbolismo. Y otra corriente crítica rebaja la cifra a cincuenta años como distancia temporal entre el escritor y la ambientación de la novela. Pero ocurre que la historia misma avanza de una manera más rápida que en siglos pasados, se acelera cada vez más. Ello es innegable, porque todo se acelera: la tecnología, las ideas, la geopolítica, los modos de vida cambian con una rapidez inusitada, de manera que en poco tiempo tanto instrumentos, como criterios sociales, políticos, costumbres o comportamientos e incluso los propios países cambian con una celeridad tal que los conceptos previos caen en la obsolescencia o se desfasan en cuestión de pocos decenios o años.

Vayamos al asunto con que empecé estas líneas. Como digo, la historia de la novela de mi amigo transcurre en 1994. ¿Cómo era entonces el mundo? ¿Cómo era España? Sin duda, algo inimaginable para una persona que baje de los 35 años. Empezando por la vida cotidiana, imaginemos un mundo en el que no existieran teléfonos móviles, computadoras personales (no digamos portátiles) o conexiones a internet, o fueran una auténtica rareza; en aquel entonces eran cosas que empezaban a sonar como “el futuro” según una minoría muy avanzada. ¡Una conexión a internet, esto que ahora mismo estamos utilizando! (no hablemos de redes sociales, y ni siquiera de blogs o foros) Una vida cotidiana en la que al sentarte frente a una televisión apenas podías elegir tres cadenas más la autonómica (desde hacía muy pocos años) y una de pago. Por aquél entonces, viajar a los países de nuestro entorno tenía una serie de molestias: convertir las pesetas en la divisa correspondiente o contar con un pasaporte, entre otras (el acuerdo de Schengen entró en vigor en el 95). Por entonces, a poco más de mil kilómetros de nuestras fronteras (no al triple, que está el frente de Ucrania) un país acababa de saltar en pedazos y sus gentes se mataban entre sí en una carnicería sin cuento, y muchos países del este de Europa estaban apenas en formación o plena transición y en el mapa se multiplicaron los países que hasta entonces conformaban el continente. En economía, por aquel entonces nadie imaginaba que los sistemas financieros de los países pudieran hundirse como verdaderos castillos de naipes o que China se convirtiera en el país más rico del mundo en términos de PIB. En fin, podríamos seguir con la lista de cambios radicales sufridos en nuestro país y en todo el mundo desde entonces. Cualquiera que se ponga a escribir una historia ambientada en los años 80 o principios de los 90 tendrá que documentarse a conciencia, aunque los haya vivido, si no quiere incurrir en anacronismos o errores de bulto. Quizá menos que si escribe algo relativo a siglos anteriores, pero, en todo caso, tendrá que informarse adecuadamente ante la imparable aceleración de la historia y los cambios sociales

Permítanme contar otra anécdota ejemplarizante: recuerdo que una lectora me recriminó que el protagonista de otra de mis novelas, publicada en 2017, no supiera utilizar la mensajería WhatsApp, quizá dando por descontado que era algo que existía desde tiempo inmemorial. Pero ocurría que la novela, aunque de ambientación contemporánea, transcurría a lo largo de 2011, y en ese año esta aplicación existía, pero no se popularizó masivamente hasta 2013, por lo que entonces utilizarla era propio de frikis tecnológicos. Es decir, simplemente en lo que llevamos de siglo, ya hay cosas que “pasan a la historia” como dice la expresión coloquial en cuestión de lustros o incluso de menos tiempo.

En conclusión, creo que al día de hoy debería replantearse la idea de lo que es o no es una novela histórica. Y, en todo caso, particularmente rechazo de plano la idea de situar la barrera temporal en la friolera de cien años. Para mí, una novela histórica es la que se ambienta en un mundo diferente del contemporáneo tanto en ideas sociales, como en costumbres o en el modo de vida cotidiano. Por lo tanto, para cerrar la idea con que comenzaba este post, entiendo a quien se niegue a reconocer como histórica una novela situada en la primera mitad de los años 90, pero considerarla como tal en absoluto me parece una locura.

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